Una regla básica de cualquier teoría de la comunicación son los componentes de ésta, es decir, está formada al menos por un transmisor, un mensaje y un receptor. Es muy fácil hacerse la idea de todo esto si pensamos en el ejemplo cotidiano de la radio: allí tenemos un transmisor que es el locutor, el cual nos da un mensaje compuesto en este caso por un conjunto de palabras (algunas veces con sentido, otras carentes de él) y muchos receptores que son los oyentes del programa radial. Sin querer banalizar nuestra relación con Dios, podemos afirmar que la forma como nos comunicamos con Él sigue las reglas básicas de la comunicación.

Pero a pesar de que Dios también se comunica con el hombre, nos centraremos en esta ocasión nada más en el primer intento del hombre de comunicarse con Dios, es decir, cuando surge el deseo y la curiosidad de chatear con el Señor. Y nos centramos en este esquema, porque cuando comenzamos a “hablar con Dios” nos dedicamos nada más a expresarnos frente a Él, como cuando encontramos a un amigo a quien no vemos desde hace mucho tiempo y nos preocupamos por contarle nuestras aventuras.

El transmisor

Al hablar de la comunicación unidireccional, es decir de nosotros a Dios, el transmisor se refiere a nosotros mismos. Claro que la idea de buscar a Dios no es original nuestra, pero como el quinceañero que se lanza a la conquista de la chica, nosotros también pensamos que hemos sido los primeros en ver nuestro objetivo (cuando en realidad somos quienes respondemos a señales sutiles que buscan la comunicación).

Así como buenos transmisores, debemos definir una estrategia para que el mensaje llegue de la mejor manera posible. En radio, el locutor debe cuidar las tonalidades de la voz; en televisión, el animador debe preocuparse por la imagen, gestos, voz…; en los medios escritos por la claridad del mensaje y las palabras usadas; en la oración…
En la oración el orante debe ¡dejar las preocupaciones de lado! Pero cuidar algunos aspectos ayudará (sería interesante pensar en las conversaciones que se tienen con los amigos y cómo se cuidan esos aspectos):

  • Aspectos externos: es el ambiente en el cual se desea el encuentro con Dios: el templo, la habitación, el bus…; ambiente musical, silencio, con el cantar de las aves…; horario para la facilidad del encuentro. Son todos aquellos aspectos que están fuera de mí y pueden facilitar o entorpecer mi tarea de transmisor.
  • Aspectos internos: tensiones interiores, vivencias previas, disposición física, intelectual y espiritual, los ánimos y movimientos del ser…
  • La posición física: caminando, cómodamente sentado (en silla, piso, banco…), de rodillas, en posición de petición o súplica…

El mensaje

Es muy importante estar claros de aquello deseado en el encuentro con Dios y, de acuerdo a ello, se establecerá la forma del mensaje. En la oración no solamente valen las palabras, sino que son útiles los gestos, el quedarse en el vacío, el contemplar… Así mi mensaje para Dios podrá ser de contemplación, alabanza, petición, contar la propia historia, rezar, repetir una letanía, orar… en fin, son muchos los contenidos y formas que puede tener mi mensaje para Dios. Pero eso sí, debo eliminar de mi cabeza un cliché típico: ¿Qué le puedo decir a Dios si él lo sabe todo?. Él puede saberlo todo pero quiere que yo me comunique con Él, quiere escucharlo con mis gestos, con mis palabras, con mi ser.

El receptor

Tenemos que estar claros en la persona a quién nos dirigimos. No es el pana o el amigo de bonches. Es el mismo Dios, que entregó a su Hijo por nosotros, que nos creó, nuestro Señor. Eso nos ubica con respecto a Él y también nos lleva a estudiar a la persona a quien nos dirigimos, a hacer nuestro estudio de mercadeo con la diferencia de que aquí nosotros mismos somos el transmisor, el producto y el mensaje.